lunes, 24 de agosto de 2015
Las campanas de las mañanas
Levantarse todos los días a la misma hora, para hacer la misma rutina, desde el silencio de mi casa en la sombra de la mañana, para chocar contra la horda muy ruidosa que deambula por las calles de la capital para llegar a sus resignados lugares de trabajo, se vuelve una experiencia apenas soportable que antes se mitigaba con las luces de las musicales y profundas notas de las campanas, para dar la falsa pero reconfortante sensación de que todo estará bien, al final, hay un destino, hay un sentido y un propósito festivo en las alegras y reverberantes oscilaciones de las campanas vecinas.
Siempre desde pequeño encontraba confort en la certeza que pronto volvería a escuchar ese recordatorio próspero y aislante, que llamaba a soñar, y despegar las ideas del sopor matutino; y trato de explicar lo que de mi niñez me viene, esos destellos atropellados que se entrecortan y arrojan notas borrosas y distorcionadas de lo que en verdad fue y hoy, nunca será.
Entonces porqué será? que yo me pregunto tantas veces de esta obsesión ya lontana, de esta afición casi romántica, inocente, y dormida por las campanas de las mañanas, que me llaman a regresar y despertar de las duras tablas razas que hoy son el olvido.
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